¿Te has preguntado por qué algunas personas alcanzan un nivel de bienestar emocional mucho más alto que otras? Entre muchos otros factores, se puede considerar que ésta es una consecuencia del desarrollo de habilidades de vida. ¿Y, qué son? Se refieren a un grupo de competencias psicosociales y también conductuales que ayudan al ser humano a adaptarse exitosamente a su medio y a lidiar con las demandas y desafíos de la vida diaria.
De acuerdo a Prajapati, Sharma & Sharma (2017), es posible clasificar a las habilidades de vida en tres grandes grupos: habilidades de pensamiento, habilidades sociales y habilidades emocionales. Dentro de cada categoría se encuentran habilidades específicas como el pensamiento crítico, resolución de problemas, relaciones interpersonales, empatía, manejo del estrés y manejo de las emociones. Dichas habilidades suelen estar estrechamente relacionadas las unas con las otras y muchas veces se superponen entre sí.
Entonces, ¿En dónde entra la autorregulación?

Cómo te habrás imaginado, las habilidades de vida son una herramienta para alcanzar el bienestar. Imagina ¿Cómo manejarías tus relaciones afectivas si no tuvieses empatía? Ó ¿Cómo podrías regresar una y otra vez a tu lugar de trabajo si no tuvieras la capacidad de resolver los problemas que pueden suscitarse? Pues, hay muchas personas que sí experimentan estas situaciones y requieren trabajar en el desarrollo de sus habilidades de vida. Sin embargo, una de ellas destaca y por muchos motivos puede considerarse la más esencial: la autorregulación.
¿Por qué la autorregulación es tan importante? Pues, porque se trata de la capacidad de regular nuestras propias cogniciones, emociones, reacciones, impulsos, etc. Es una habilidad que requiere de la comprensión de nuestros procesos internos, sin regulación no hay una oportunidad para analizar qué es lo que estamos experimentando y cómo estamos reaccionando ante ello. Dicha habilidad no sólo nos permite desarrollar una consciencia más profunda acerca de nuestras experiencias internas, también nos permite alterar la intensidad de las mismas con el objetivo de que sean ¨más manejables¨ y de esta forma, que podamos lidiar con ellas exitosamente.

El desarrollo de la autorregulación inicia desde que somos bebés y cobra mayor importancia en los años preescolares, sin dejar de desarrollarse hasta la adultez y en muchos casos, durante toda la vida. Un ejemplo muy visible de cómo los bebés tratan de autorregularse es la acción de chuparse el dedo o de activamente evitar el contacto visual o alejarse de agentes estresores. Si bien es una habilidad que inicia desarrollándose de una forma innata, muchas veces dicho desarrollo no logra establecerse por determinados factores externos e internos que vendría a ser otro gran tema de conversación.
Afortunadamente, actualmente existen diversas metodologías y enfoques terapéuticos dirigidos al desarrollo de la autorregulación para diferentes fases del desarrollo humano. Algunos de estos métodos y terapias están orientados a la experiencia corporal, otros a la emocional, otros a la cognitiva o a la social. Los tratamientos psicológicos más efectivos consideran a todas estas dimensiones a la hora de trabajar en la autorregulación.
A la hora de intervenir con una terapia es esencial involucrar procesos mentales como la atención, percepción, memoria, resolución de problemas; procesos neurobiológicos como la respuesta de pelea/huída (fight/flight); procesos psicosociales como la capacidad para conectar, motivación, mecanismos para la socialización, entre otros.
La terapia es un espacio seguro para la práctica de ésta y muchas otras habilidades, cuyo objetivo es facilitar nuestras experiencias humanas en el día a día.


